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INVENTARIO DE RECUERDOS

César Muñoz

“Que triste se olle la lluvia, En los techos de cartón. Que triste vive mi gente en las casas de cartón”  Tara ra tara tara tara
“Viene bajando el obrero casi arrastrando sus pasos, Por el peso del sufrir. Mira que es mucho el sufrir,  Mira que pesa el sufrir”

Que te calles guerrillero hijueputa, o te quedo gustando la paliza de anoche Mejor me callo, todavía me duelen las costillas
Que hago, que hago, que hago…

Cuento ovejas, hace un rato no se si era de día o en la noche conté 3540 ovejas, que puedo hacer yo con 3540 ovejas…
Este juego es inoficioso, ya me empiezo a desesperar.
Quiero cantar, o tal vez escribir, o leer, o simplemente ver el sol.
ummmmmm

¡Lo tengo! Algo que solo yo pueda hacer, así por lo menos retrazo un poco las patadas “Haré un inventario de recuerdos”
Empecemos, me llamo Jesús Ernesto, tengo 20 años, estudio Ingeniería mecánica y trabajo con mi padre en el puesto de verduras. Mis padres don Álvaro y doña Rosa, como muchas personas en este país son campesinos que tuvieron que dejar sus tierras. Ellos vivían en Amagá Antioquia, cuando la guerra bipartidista, mis padres que no eran ni godos ni liberales fueron obligados a salir de su finca. Sin ningún lugar donde llegar y sin un peso en el bolsillo, caminaron por las calles de Medellín. Cuenta mi padre en forma de burla, que durmieron algunos días con vista al río Medellín, mientras un penthouse que tenía columnas de 5 metros los cubría.

Luego, mi padre consiguió un empleo en la plaza de mercado descargando camiones de verduras. De esa forma se pudieron ubicar en una casita de adobe y techo de cartón. Por su parte mi madre, gracias a lo conversadora que es ella fue haciendo amigas. Esas amigas le ayudaron a conseguir que los dueños de casas del poblado la contrataran para lavar la ropa y hacer el aseo.

A mi madre le empezó a ir muy bien, ya que en Medellín empezaba a surgir una nueva clase social muy pero muy rica, eso si un poco sucia igual que la otra, y también un poco untada de sangre lo mismo que la otra, en fin las dos clases sociales ricas son igualitas. Estas personas le pagaban muy bien. Mi padre ya pasó de ser cotero como llamamos acá a los que descargan los camiones, a vendedor de verduras. Con lo que los dos ganaban fueron ahorrando para empezar con un puestito de verduras en el barrio (que era para donde yo iba anoche, pero esta gente no me dejó, ahora que recuerdo mi padre debe estar de mal genio, porque debía llevar unos plátanos y unos tomates)

Creo que vienen de nuevo…espero no me vayan a pegar esta vez
Levántate parcero, se lo llevan
Me van a soltar
Jajajaja no pregunte guevonadas
Me van a matar
Que no pregunte pendejadas, o es que le gusta que le peguen
Ya un momento
Déme la mano, no veo nada
¿Dónde me llevan?
ZZZZZZZZZZ

Esto debe ser la calle, a lo lejos suenan los carros, escucho una sirena, debe ser de madrugada, hace frío, huele a flores, suena un camión muy cerca, debe ser el mío.
¿Dónde me llevan?
¿Dónde me llevan?
¿Me van a matar?
¿Por qué no me sueltan?
Esto es ilegal
Alguien que me responda
¿Por qué no me meten a la cárcel?
Esto es ilegal ustedes son del ejército
¿Por qué no me responden?
…2 horas después
Ya debimos haber salido de la ciudad, ya no se escuchan carros, debe ser un batallón, se escucha la marcha del ejército “tun tun tun tun tun tun ta”
Me caen mal los milicos pegan muy duro, menos mal no pague servicio
Que me irán a hacer, será que me van a matar
Ya debió haber amanecido
Han pasado algunas horas y nadie viene,
No me han pegado
ZZZZZZ, creo que alguien llegó.

Saludan a un general Hurtado, se refieren a un subversivo que llevaba una maleta con propaganda guerrillera y material de guerra. Seré yo ese subversivo, pero están locos los milicos hasta donde recuerdo las verduras todavía no son propaganda guerrillera y lo único parecido al material de guerra eran los tomates.

Buen día jovencito
Siéntese
Espere un minuto le suelto las esposas
Tiene las manos muy hinchadas
Quien le apretó esas esposas
Tendré que hablar con esos soldados
No saben tratar a las personas
Ahora si, dígame como se llama usted
Jesús Ernesto
A que se dedica
Soy estudiante de Ingeniería Mecánica
De la Universidad de Antioquia, ¿cierto?
Si señor
Ya me imaginaba, estos jovencitos se dejan llenar la cabeza de basura comunista. Ese es el problema de las universidades públicas, no hacen sino enseñar esas babosadas y luego enredan a los jóvenes.
Por eso terminan acá.
No le entiendo señor, no se a que se refiere
Usted sabe de qué le estoy hablando
Sabe algo usted es la primera persona que no me pega para que hable, así que voy a ser sincero.
Yo lo único que hago es ayudar a mis padres, estudiar e intentar hacer algo por el barrio. Hasta donde sé, eso no es un delito. Entonces de verdad no entiendo que hago acá.
Mijito, conmigo no se haga el idiota, yo soy el único que en este caso puede ayudarlo. De lo contrario créame, usted no va a volver a su casa. Es mejor que me de razón de algo, armas, rutas, que piensan hacer, quien es el comandante, necesito nombres, donde están los bandidos. Esa es la única forma que puedo sacarlo de acá
No se de que me habla, ¿nombres, rutas? Los nombres que sé, son los de mi familia y las rutas son las del bus que me lleva de la casa a la universidad.
Niñito estupido, créame no estamos jugando. Solo quiero advertirle, lo que le hicieron ayer no es ni parecido a lo que le pueden hacer acá en la noche. Estos soldados no tienen mucho cerebro, pero si saben manejar muy bien la picana. Así que mejor cuénteme algo y le aseguro que lo saco esta misma noche.
Señor, hay algo que no entiendo, si usted dice que los soldados no tienen mucho cerebro, porque los dejan pagar servicio, no sería mejor que los educaran.
No me tomes el pelo. Decidme de una vez si me vas a dar algún dato me estas haciendo perder el tiempo.
Ya le dije, mire los nombres son Jesús Ernesto que soy yo, don Álvaro que es mi papá y doña Rosa que es mi mamá. La ruta es la 36, esa pasa a una cuadra de mi casa en el barrio Belén Rincón. Y las armas están en la casa, aunque las únicas armas que hay son: una peinilla de mi papá, un cuchillo de la cocina y quizás los tomates del puesto de verduras, que sabiendo los usar pueden ser un arma de destrucción masiva.
Tenés muy buen sentido del humor, pero muy poco cerebro. Esta noche te acordarás de mí cuando estés gritando, ya verás niñito.
Sabes algo, me hiciste perder mucho tiempo, espero que mañana sea distinto. Pasa un buen día, descansa lo vas a necesitar esta noche, y como son reglas y usted no me ayudó, déjeme yo le pongo de nuevo las esposas. Hasta pronto, espero verte mañana.
Y ahora…
Ese señor debe ser sicólogo, aquellas maravillas de la escuela de las Américas, que pena que gente con esas capacidades se preste para estas cosas…
Por ahora creo que es mejor seguir con el inventario, mientras llega la noche.
Donde iba, donde iba, donde iba
Ya recuerdo, en el puesto de verduras que mis padres montaron con lo que ganaron.
Entonces como estaba diciendo, a ellos les empezó a ir muy bien, mi padre dejó su trabajo en la plaza y se hizo cargo de su propio negocio, mi madre lo ayudó durante nueve meses, mientras yo nacía.
Mis primeros años fueron muy alegres, mis padres desde muy niñito me pusieron a estudiar, con el argumento de que yo no podía repetir la historia de ellos.
Mi madre por su parte me contaba las historias de mis abuelos en la finca, de cómo conoció a mi papá. Historias que recuerdo en el volar de chulos y pájaros, en el huir de los chusmeros, en el caminar de campesinos sin tierras, en el llanto de mujeres.
Eran historias muy tristes, mi madre siempre lloraba al recordar al abuelo, y aunque no me gustaba verla llorar, sus historias me hacían volar a lugares imaginarios, donde soñaba con ser chusmero y luchar contra los chulavitas y pájaros.
En la escuela siempre me fue bien, aprendí a leer muy rápido y fue este el mejor descubrimiento, porque cuando entre al colegio, leía sobre todas las historias que me contaba mi madre.
Mi padre siempre ha vivido orgulloso de mi, o por lo menos eso es lo que siempre me dice, el me enseño a labrar la tierra, a hablar con la luna, a cargar las mulas, a querer el campo. Todas las noches con voz nostálgica recordaba su finca “La Aurora”, me explicaba porque había tenido que salir de allí. Y aunque Medellín les daba buenas oportunidades, el siempre ha evocado el sonido de los pájaros y el olor a caña.
Cuando entre al bachillerato, empecé a leer mucho más, leía todo el día, añoraba que fuera de mañana para poder ir a la escuela y leer más historias de curas guerrilleros, de
libertadores, de valientes campesinos que no dejaban de luchar por sus tierras. Historias que me fueron acercando a nuestra realidad.
Desde ese momento empecé a ayudar a mis compañeritos más pobres. Mi madre algunas veces me regañaba, porque llevaba muchos compañeritos a comer a la casa, yo por mi parte le daba un beso y le decía que la culpa era de los dos, porque me habían contado muchas historias.
Pero a veces no alcanzaba para darle a todos, así que decidimos entre unos amigos que debíamos hablar con las personas del barrio para hacer un restaurante comunitario en el que pudiéramos darles almuerzo a todas las personas. Cada uno llevaba lo que pudiera y con eso hacíamos los almuerzos. Yo trabajaba con mi padre y le decía que me diera verduras para llevarlas.
Hasta el día de hoy el restaurante funciona, y es muy bonito porque muchas personas que no tienen un solo peso pueden ir allí, el único compromiso es que un día de la semana ayuden en el restaurante.
En el colegio, tuve algunos problemas pequeños por no ir a misa, pero las buenas calificaciones no permitían que me hicieran nada, aunque eso no era lo que decía el sacerdote.
En los ratos libres mezclaba la lectura, las tareas y algunos juegos en el barrio, jugábamos mucho, y en algunas ocasiones trabajábamos reciclando, porque en el barrio llegan muchas personas que huyen del campo entonces, nosotros que ya sabíamos que era llegar a un penthouse de columnas de 5 metros y vista al río Medellín, decidíamos reciclar para poder construir casas de cartón y lata, donde estas personas pudieran vivir. Los fines de semana entre todos los vecinos hacíamos bazares y con lo que se recogía comprábamos comida para el restaurante.
Así fui creciendo, termine el colegio y me presente a la Universidad de Antioquia con tan buena suerte que pase y pude empezar mi carrera.
En la universidad pase momentos muy bonitos, conocí amigos y amigas, con los que leíamos, escuchábamos música y soñábamos. Siempre soñábamos, hemos sido muy utópicos, aunque nuestra utopía es muy sencilla. Que un día cualquiera los niños no tengan que recorrer las calles pidiendo para comer, que un día cualquiera los viejos puedan volver al campo, que un día cualquiera las bibliotecas estén a reventar de jóvenes que quieren aprender su historia, que un día cualquiera no nos maten…
También me enamoré, aprendí a hacer el amor, como aprendí a hacer la revolución, aprendí que en la calle somos muchos los que soñamos, y que por nuestro sueño podemos gritar, porque gritar es nuestro derecho, pero también es nuestro deber.
Aprendí que alguna vez, en algún momento como Cortázar lo dijo tuve un amigo, ese amigo me enseñó como hacer la revolución.
Incluso aprendí que corría peligro, que no era sencillo como cuando era niño, que soñar en un país como el mío tenía un precio y que podía algún día, estar con las manos atadas, las costillas rotas, la cara tapada, sin poder siquiera ver el sol y la maldita posibilidad de no volver.
Pero también aprendí que eso no debía importar, que si ese día llegaba, tenía que ser valiente, aunque el cuerpo no dijera lo mismo, que ese día debía alzar la mirada e intentar sonreír porque quedaría la certeza de que las cosas estuvieron bien hechas.
Ya debe ser de noche, se escuchan pasos, creo que acá termina el inventario… No queda más que esperar e intentar estar en silencio.
Minutos después, en una camilla se encuentra Jesús desnudo, como siempre con el rostro tapado, una pequeña sonrisa que se confunde con la sangre de su boca, y en silencio.
Tara tara tara ta ta
“Ay país, país de nubes
Lleno de humo y alcohol
Como le canto a mi gente
Lo que pienso de voz.
Que a mi patria la fundaron
A golpes y cachetazos
Cuantas voces se callaron
A machete y a balazos
Pero cuantas voces se callaron país
A machete y a balazos
Ay país…”

 

Los hechos son basados en la vida de Gustavo Albeiro Muñoz. Detenido-Desaparecido en uno de los operativos del plan fantasma en Medellín. Este es un homenaje a él y a los más de 15.000 desaparecidos de nuestro país…

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